
Esta iglesia perteneciente a un monasterio tristemente desaparecido, resulta a nuestros ojos como un extraño híbrido. La influencia tardorromana se conjunta con elementos y sensibilidad claramente visigodos.
De tal modo, el aparejo irregular propio del altomedievo es sustituído por una factura de sillares clásicos, pero sin la elegancia romana y sin una uniformidad del todo clara.
Por otro lado, el frontón romano algo simplificado se alterna sin problema con los visigoticos arcos de herradura, si bien hay que reconocer que esta tipología ya era conocida en el arte tardo-hispanorromano.
Los mosaicos de su pavimento han sido tapados y los frescos que la decoraban se han perdido con el tiempo. La suntuosidad con la que fueron planeados estos monumentos no es perceptible hoy en día. Muchas veces ha sido el paso de los siglos lo que ha simplificado la factura que hoy tenemos. En otros muchos casos ha sido la mano del hombre, que buscaba plasmar esa sencillez que entendían que portaba el arte altomedieval. Más exacto es decir que querían que tuviera que el que pensaran que debiera ser así, resultado propio de una mentalidad romántica.
Cuando pensamos en el arte prerromano/románico hay que pensar en la textura que mantienen los edificios bizantinos contemporáneos, puesto que la mentalidad y la intención de ambos mundos no era tan diferente.
Pero la intención de este edificio no es clásica. Tiene fábrica y elementos formales romanos, pero la concepción del edificio no es regio, no tiene la majestad, la aristocracia clásica.